(VIDEO)Sobrevivir al Río Bermejo: las víctimas silenciadas del contrabando entre Argentina y Bolivia

El cuerpo ladeado hacia un costado acompañaba a la ondulación del río. La espalda descubierta, ancha y blanca se mecía al sol entre la palizada. El bombero voluntario Gabriel Amador, de 21 años, no se sentía realmente contento, pero esa fue la primera palabra que vino a su mente cuando vio al cuerpo flotar desde la barranca de enfrente, en la ciudad de Aguas Blancas, Argentina. Allí todo era inmenso. El enorme cielo sin nubes, el monte que continuaba más allá de sus ojos, el caudal vibrante del Bermejo. Era su primera búsqueda como rescatista y había dado con el objetivo tras horas de caminata en medio de un bosque frondoso y húmedo. Llamó con un grito a su padre, el cabo Bernardino Amador ─bombero hace diecisiete años─ que se encontraba más adelante. “Eso es un cuerpo, papá”, le dijo firme, con el brazo levantado en dirección a un punto blanco que sobresalía del agua marrón. Bernardino levantó la vista, divisó el horizonte apenas unos segundos y puso una mano sobre el hombro de su hijo. “Sí, y quiero que lo traigas”, respondió.

Gabriel Amador se lanzó con un kayak al río donde conocería por primera vez el tacto de un cadáver. Mientras se acercaba a la frontera con Bolivia, a unos doscientos metros, recordó sus tardes refrescándose en el Bermejo cuando era un niño. “Ahora entro a sacar cuerpos”, pensó y soltó una mueca resignada. De pronto, la figura inerte tomó forma: alto, boca abajo, con los brazos entrelazados y magullado por los golpes contra las rocas, Wilfredo Joaquín Romero, de 54 años, yacía entre un amasijo de ramas y juncos. Tras darlo vuelta, vio un corte profundo a la altura de su frente. Gabriel cargó al muerto en una balsa artesanal que unos pobladores bolivianos le habían prestado y regresó a Aguas Blancas para entregar la víctima a la Policía científica.

A las nueve de la mañana del sábado 6 de marzo, Wilfredo Joaquín Romero intentó cruzar el Río Bermejo desde una bajada de Aguas Blancas —provincia de Salta, al norte de Argentina— hasta la ciudad de Bermejo, en Bolivia. Como el paso fronterizo que une a ambos países en ese punto se encontraba cerrado por la pandemia, y los cruces ilegales en embarcaciones precarias no trabajaban aquel día, Romero atravesó el caudal a pie, junto a tres familiares. Había visto que el río se encontraba bajo y que varias personas lo hacían de esa forma. La correntada, sin embargo, lo separó del grupo y lo arrastró cuesta arriba hasta perderse. Su cuerpo fue hallado horas después a ocho kilómetros, mientras que sus familiares lograron llegar al otro lado.

Tres días antes, el 3 de marzo, un ‘gomón’ ─una balsa sostenida con ramas gruesas, seis neumáticos inflados e impulsado por algunos remadores─ con más de 26 personas encima, tuvo la misma intención: llegar a Bolivia. La tempestad del Bermejo los desafió y los empujó al agua: cuatro personas murieron, entre ella dos bebés de uno y tres meses. En febrero, dos menores y su padrastro fallecieron tras caer al río luego del desmoronamiento de una barranca. En enero, un joven de 26 años también quiso llegar a Bermejo nadando y tuvo el mismo destino: muerte por ahogamiento. Esto, claro, sin contar los cuerpos que se encuentran flotando a la vera del río y nadie los denuncia.

Desde que el año pasado la frontera entre Aguas Blancas y Bermejo se cerró a causa de la emergencia sanitarialos cruces ilegales a través del río se multiplicaron, como también los accidentes fatales. Ambas ciudades viven exclusivamente del intercambio comercial en la frontera. Todos los días cientos de personas cruzan de un punto a otro para comprar al por mayor ropa, celulares e incluso cerveza, productos que, tras esquivar los controles aduaneros, serán vendidos y revendidos a lo largo y ancho de los dos países.

Si bien no existen cifras oficiales, la variación del tipo de cambio, tanto de Argentina como de Bolivia, junto la falta de empleo formal, consolidaron un circuito que hace girar una economía paralela en crecimiento. La ecuación es simple: a menos puestos de trabajos genuinos, más tránsito y contrabando habrá en el Bermejo. Incluso cuando el paso legal está abierto, las personas lo evitan: ingresar ─o salir─ con más mercadería de lo permitido significa ganar un poco más de dinero.

La actividad es conocida como ‘bagayeo’ y refiere al ‘bagayo’ o bulto, es decir, mercadería de carga en movimiento. El caudal de este río, de unos 75 kilómetros de extensión entre ambos países, pasó a ser, entonces, la pasarela de un shopping fronterizo que emplea a cientos de miles de argentinos y bolivianos desocupados. Sin embargo, también es, como dirá el jefe de Bomberos Voluntarios de Aguas Blancas, Freddy Galarza, “una morgue acuática”.

“Encontrar un cuerpo es como un trofeo”, dice Freddy, la mirada recia, el traje holgado de bombero puesto. “Sabemos que así la familia va a poder darle una santa sepultura, pero a veces no se encuentran, quedan en el fondo”. Los accidentes fluviales son moneda corriente en la ciudad. Ningún bombero se alarma cuando ve entrar al cuartel a una vecina desencajada y gritando: “¡Por favor, mi marido cruzaba en un gomón y se dio vuelta! ¡No aparece!” o “¡No encuentro a mi hijo, estaba nadando en el río y desapareció!”. En Aguas Blancas eso es un día de rutina llano e intrascendente. “Acá no hay trabajo, las personas cruzan por necesidad. Buscan un hueco en el río y cuando lo encuentran, se lanzan sin saber nadar”, añade.

Según Galarza, hay dos señales infalibles para hallar un cadáver en el Bermejo: el olor fétido a carne en descomposición o el vuelo circular de cuervos sobre un punto fijo. Cuando eso no ocurre, lo que queda es el rastrillaje anfibio: un equipo busca por agua y otro por tierra. “Por lo general”, vuelve Freddy, mientras seca el sudor de su frente con un pañuelo, “los encontramos en las palizadas o los islotes río arriba”. Pero si eso tampoco funciona, lo que queda es una alternativa que los bomberos prefieren evitar: buscar en el ‘cementerio de los elefantes’.

Un cráter profundo y ancho como un estadio de fútbol cerca el paso. A cinco kilómetros del cuartel, la postal es otra: no hay vegetación, ni monte, solo un hueco de tierra árida. “Muchos cuerpos llegan hasta acá, es un desvío del caudal que lo convierte en un recipiente”, describe Freddy. La longitud del lugar honra a su apodo: podrían enterrarse más de treinta elefantes y, aun así, habría espacio. Cuando el agua del río baja en este sitio, las víctimas quedan sepultadas por la arena, haciendo prácticamente imposible encontrarlas. “Somos voluntarios y tenemos otros trabajos. No podemos estar meses buscando a alguien”, dice Galarza.

El último operativo que tuvo ocupado al escuadrón por tres semanas arduas fue el accidente del 3 de marzo: un gomón que intentó llegar a Bolivia naufragó con 26 personas encima. Cuatro de ellas, de nacionalidad boliviana y sin ningún parentesco familiar, murieron ahogadas: una mujer, un hombre y dos bebés de apenas meses de vida. Los cuerpos de los adultos fueron encontrados en los primeros dos días. Los bebés, en cambio, nunca aparecieron.

“La mayoría somos padres. Queríamos encontrarlos como sea, pero tenían meses de vida y el monte está lleno de animales”, cuenta el bombero. Ese día la información que manejaba el escuadrón era difusa: nadie sabía con precisión cuantas personas viajaban en la balsa y a dónde se había hundido cada una. Los testigos, como el resto los trabajadores de frontera, desaparecieron. La llegada de la Gendarmería y la Policía hizo que el Bermejo pareciera la foto de cubierta de una botella de agua mineral: un afluente limpio, rodeado de naturaleza y con montañas de fondo. “Nadie quería hablar por miedo a una detención”, recuerda Galarza. “No sabíamos por dónde buscar”.

El 3 de marzo, Celia Condori se levantó a las siete de la mañana y le rezó a Dios por una buena jornada de trabajo. Salió de su casa en Aguas Blancas y llegó hasta la finca ‘El Negro’, un descampado que permite a los bagayeros bajar al río y cruzar a Bolivia sin ser vistos por la Gendarmería. A sus 32 años, el Bermejo no le causaba pánico. Pero esa mañana el oleaje golpeaba contra la orilla con un bramido que se oía a cuadras de distancia. Había llovido la noche anterior y la marea estaba alta. El violento caudal arrastraba todo a su paso. La correntada sumergía troncos anchos y devolvía a la superficie apenas ramas rotas. “Así yo no salgo”, había advertido un botero. La cautela no duró mucho. A las nueve de la mañana, partieron las primeras balsas que llegaron sin problemas al otro lado.

Celia y, al menos, veinticinco personas suben al próximo gomón. A mitad de camino, escuchan el primer pinchazo: una de las cámaras que sostiene a la balsa da contra una palizada. El chorro de aire en el agua hace tambalear la embarcación. Dos madres gritan desesperadas con sus bebés en brazos. “No lloren”, les dice Celia. “Oren. Solo Dios nos puede ayudar”. La correntada los acerca a Bolivia, pero están lejos de la orilla. Los remadores naufragaron. Solos y desprotegidos en un río que los empuja a lo profundo, los gritos de auxilio se pierden en la tempestad.

“Cuando me sienta confundida guíame, cuando me sienta débil, fortaléceme”, reza, en cambio, Celia con los puños y ojos cerrados. Luego los abre: los bebés ahora están en los brazos de dos hombres, pero no ve a las madres. Alguien salta al agua, pero no ve quién. Ella, sin saber nadar, lo imita. Se sumerge y vuelve salir. Consigue flotar tirando patadas por instinto. El gomón, al tener menos peso, avanza más rápido. Las espaldas de algunos pasajeros aún se distinguen. Vuelve a zambullirse. “Eres mi refugio, mi guía, mi protector”, piensa, abajo. Saca la cabeza una vez más: la balsa, ahora vacía, se desarma en el oleaje marrón. Los últimos recuerdos que Celia Condori tiene del accidente son dos: cuando sus compañeros bagayeros la llevaron nadando hasta una orilla a la altura de la ciudad de Bermejo, en Bolivia, y los gritos de las madres de los bebés a la vera del río. “Llamaban a sus hijos por sus nombres para que aparezcan. Pero nadie los encontró”, dijo.

Minutos antes de que el gomón saliera a Bolivia y la tragedia se desatara, alguien filmó por un instante a los pasajeros y subió el video a las redes sociales. La secuencia es breve, pero clara: se ve a los remadores, a las madres con sus hijos y, al final, a una mujer que saluda a la cámara. Esta última, con gorro y barbijo negro, calzas de igual color y una blusa amarilla es Nancy Cárdenas, de 30 años, una de las cuatro víctimas. El bombero Daniel Acebedo la halló al segundo día de rastrillaje. Tenía la espalda descubierta y señas de desgarro en la piel. “Lo que pasa con el Bermejo es que cuando buscas un cuerpo, terminas encontrando otros”, dice Acebedo. Y confiesa: “En esa búsqueda, dimos con seis o siete muertos de otros accidentes no reportados”. Al cierre de esta nota, la Justicia local no investiga a ninguno de los accidentes fluviales que ocurrieron en la frontera.

Para entender esta problemática es necesario viajar unos 50 kilómetros hasta la ciudad de Orán, el principal departamento que integra Aguas Blancas. Antes de que miles y miles de personas se dedicaran exclusivamente al bagayeo, el futuro, en esta región húmeda, era próspero. Entre las décadas del 70′ y 80′, Orán lideraba la producción maderera y frutihortícola de Salta, generando fuentes de trabajo genuinas. Tenía, además, uno de los principales ingenios azucareros del norte argentino. Sin embargo, la bonanza no duró mucho. La tala indiscriminada de árboles sin una política de reforestación, la privatización de empresas que llevaron a modernizar su estructura a costa de despedir a empleados y el ingreso de la banana brasileña y ecuatoriana al mercado argentino ─relegando a la oranense─, propiciaron que el tejido social se fracturara y agravara aún más por la pandemia. Según su intendente, Pablo González, “el 70 % de los trabajadores del departamento están en condiciones de informalidad”.

El río Bermejo, en resumen, continuará siendo la “morgue acuática” de la frontera.

Facundo Lo Duca

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