Reflexiones: La sociedad del vacío

Por Virgilio López Azuán

En la sociedad dominicana de los últimos tiempos se han venido verificando cambios de conductas, hábitos y actitudes en los individuos y colectivos que tienen su origen en las transformaciones que experimenta el mundo denominado posmoderno. Aunque en el país a lo largo de su historia, los pensamientos, el desarrollo de las ideas, y sobre todo sus praxis, llegan y se establecen de forma sesgada en periodos tardíos, no es menos cierto que la explosión del mundo global, posindustrial, en las nuevas tecnologías, las comunicaciones, el tema del medio ambiente, entre otros, han impactado en países como la República Dominicana.

No es que el país viva en un estadio de pensamiento posmoderno, incluso los influjos de la modernidad y el discurso del progreso, resisten amplias discusiones de tipo analítico en cuanto a lo conceptual y contextual. Pero no caben dudas de que el ser dominicano no es el mismo que años atrás. Se evidencia un giro en su pensamiento, en su forma de actuar y en  la concepción de sus valores.

A veces reflexiono en las tesis de Gilles Lipovetsky (1944 -?), filósofo y sociólogo francés, que al analizar la posmodernidad nos habló a mediado de los 80s de “La Era del Vacío” y el individualismo contemporáneo, como una vuelta a temas como el consumismo, el hipernarcisismo, lo efímero, el descrédito del futuro, la deserción de los valores tradicionales, entre otros. Indudablemente

“El ideal moderno de subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas ha sido pulverizado, el proceso de personalización ha promovido y encarnado masivamente un valor fundamental, el de la realización personal”. Se ha dicho que una muestra del hipernarcisismo vigente se puede verificar en el fenómeno “Selfi”, que las redes sociales han retrotraído el mito griego, el culto a la imagen, al yo mismo, al individualismo, sin importar todas las posibilidades de generación de grupos, conexiones y relaciones en los entornos virtuales. Ese es un fenómeno global que ya fue anticipado algunas décadas atrás.

Caben las preguntas, ¿se muestran en la sociedad dominicana evidencias de los postulados de Lipovetsky? ¿Existen tendencias del individualismo como forma de existencia y subsistencia? ¿La gente cree poco o nada en la otra gente?

¿Están en peligro los valores considerados tradicionales? ¿Se está perdiendo la conciencia histórica? A cada pregunta le caben sus justificaciones científicas. Pero así, con una mirada holística, ante tal o cual situación o hecho sucedido asalta la sensación de que sí: la sociedad dominicana no está ajena a los procesos de cambios individuales y colectivos. Los impactos de los fenómenos globales están llegando más rápido en los últimos veinte años que en otros tiempos.

La sociedad dominicana ha tenido que abocarse a reformas (aunque algunas permanecen intactas), cambiar los modelos económicos que sustentan el aparato productivo y acelerar procesos de modernización de sectores públicos y privados para tener espacios de participación en los tratados de mercados internacionales. En ese sector todavía hay una franja muy larga que recorrer, uno de los socios principales del país es Haití y  este comercio exhibe mucha fragilidad por la escasa regulación, las informalidades, la corrupción y el contexto social, tratándose de dos países fronterizos.

Una sociedad con altos retrasos, con una deuda social, educativa, cultural y de desarrollo humano en sentido general, demanda de un esfuerzo mayor para poder ser parte de ese concierto de naciones que se plantean una agenda global. A todo esto le llega la pandemia  del Covid-19 que estremece a su aparato productivo, impacta en el aumento de la deuda externa e interna, incrementa el déficit fiscal y paraliza acciones estatales de interés social. Esta realidad activa los comportamientos de emergencia de los individuos y cataliza los cambios de hábitos, comportamientos y actitudes a los cuales me refiero.  Todo esto se expresa de forma fragmentada, unas veces espontánea y otras planificadas.

Las estructuras de base como por ejemplo la familia han sido muy afectadas en este proceso, socavándose su cohesión interna y muchos de sus principios y valores. El ser dominicano ha despertado a una era donde se pasman los asombros. Se han venido construyendo líneas de acciones que van un poco más allá de la mera supervivencia, en el caso de los sectores empobrecidos económicamente, y de acumulación de bienes de los sectores hegemónicos. Estos últimos bajo el amparo de sectores privados y del estado.

La corrupción como modelo de enriquecimiento se ha convertido en un cáncer a pesar de los avances en el uso de nuevas tecnologías y las demandas de buenas prácticas desde las exigencias internacionales,  de organizaciones de la sociedad civil y voces individuales. Tanto ha sido el impacto que los funcionarios que deben perseguir los delitos de corrupción, como es de los antiguos miembros del ministerio público hoy están bajo el escrutinio de la justicia.

Existen planteamientos que categorizan la persecución de la corrupción como un acto de justicia selectiva dado que se sindican a muchas personas y sectores involucrados en actos lesivos que ni siquiera son tocados. No faltan los argumentos de que la persecución del ministerio público es “un bulto”, que tiene corruptos preferidos.  Sin embargo, el discurso desde las esferas políticas del poder habla de una libertad de acción del ministerio público, no así algunos adeptos del partido de gobierno y otras voces de la sociedad que piden más acciones, sin importar los sectores políticos, sociales y económicos que estén envueltos.

A pesar de todo esto, no se puede negar el empeño del gobierno de Luis Abinader en poner en escena la persecución de la corrupción como prioridad, incluso a veces más que el tema de la pandemia del Covid- 19.  Estos actos de persecución  no vienen solo porque fuera una promesa de campaña política del actual gobernante, sino que la sociedad estaba preparada para que acciones como estas se realizaran de una vez por todas. Presiones de algunos grupos organizados y no organizados, apoyados por partidos políticos, influencers, entes sociales, artísticos, ambientalistas y cívicos, mediante marchas y protestas en toda la geografía nacional hicieron que ese tema sea parte de la agenda del gobierno. Ese es un logro de este contexto social. Generaron estrategias de opinión pública que hicieron variar el discurso y las acciones de los políticos locales.

Lo que está en veremos es si esas mismas organizaciones y líderes, muchos de ellos incrustados en el tren burocrático del presente gobierno, continuarán con esas demandas tan importantes para la sociedad, principalmente con el tema de combate a la corrupción y la impunidad, y la preservación del medio ambiente. Todo esto está en pausa.

En estos momentos, de superación de pandemia del Covid-19, se observa una etapa de transición que bien puede acelerar las actitudes y hábitos de la Era del vacío.  Se han frisado los liderazgos políticos, las acciones sociales se han limitado y anulado en algunos casos.  No era para menos, en tiempos de pandemia el liderazgo es asumido por el estado y a su vez por los gobernantes de turno. Esto plantea un desafío a lo interno de los partidos políticos locales, que tendrán que ejercer más influencias en las organizaciones, sectores de masas y la población en sentido general, mucho después de que superen sus retos internos.

Dado el panorama, hay que poner mucha atención a los espacios familiares, escolares, organizacionales, económicos y políticos, ya que los cambios que vienen experimentándose en el ser individual, principalmente en su proceso de personalización; y en el ser colectivo, activarán emergencias asumiendo nuevos modelos de reafirmación que impactarán los contextos.

Es momento de la asunción de una agenda país de manera más incluyente y democrática. Es el momento de fortalecer nuestras leyes y el aparato judicial, disminuir las brechas tanto económicas, tecnológicas, sociales y políticas para evitar traumatismos.

El autor es experto en estudios afroiberomericanos (UCSD-Universidad de Alcalá de Henares).

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